Sobrevivir, a veces, es no reconocerse.
Es mirar hacia atrás y recordar el tiempo anterior a la tormenta como una sucesión de cosas que perdiste.
Perdiste.
Perdiste.
Perdiste.
Mientras alguien, frente a vos, insiste en decirte que ganaste.
¿Y qué ganaste?
Quizás en el momento de mayor vulnerabilidad de tu vida despertaste en una habitación desconocida, rodeado de personas que hablaban sobre vos como si no estuvieras presente.
Quizás otras manos decidieron sobre tu cuerpo.
Quizás llorar demasiado, angustiarte demasiado, reaccionar demasiado, preguntar demasiado o simplemente sentir demasiado significaba convertirte en un problema que había que controlar.
Quizás saliste de allí vivo.
Pero no necesariamente sintiéndote cuidado.
Y después ocurrió lo más extraño: el mundo continuó.
La gente siguió comprando pan.
Tomando colectivos.
Llegando tarde al trabajo.
Quejándose del clima.
Haciendo planes para el fin de semana.
Mientras vos intentabas comprender cómo era posible que el mundo siguiera siendo exactamente el mismo cuando el tuyo había terminado.
Nadie parecía haberse enterado.
El sol salió a la mañana siguiente.
Los semáforos continuaron cambiando de color.
Los negocios abrieron.
La gente siguió enamorándose.
Y vos estabas ahí, intentando aprender cómo se habita un mundo después de haber descubierto que puede romperse.
Por eso quiero decirte algo que quizá, como yo, necesitabas escuchar entonces:
no era obligatorio que volvieras a ser quien eras.
No tenías que salir de aquella experiencia agradecido.
No tenías que encontrar rápidamente una enseñanza.
No tenías que transformar el dolor en crecimiento.
No tenías que convertir tu desgracia en una historia inspiradora para que los demás pudieran soportar escucharla.
Sobrevivir no te dejó en deuda con la vida.
No estás obligado a celebrar todos los días simplemente porque alguna vez pudiste no tenerlos.
Podés estar vivo y estar cansado.
Podés haber sobrevivido y seguir enojado.
Podés agradecer algunos días y detestar otros.
Podés amar estar acá una mañana y preguntarte por qué todo pesa tanto esa misma noche.
Podés mirar hacia atrás y llorar a la persona que eras antes de saber ciertas cosas.
Porque algunas experiencias no solamente nos hacen sufrir.
Nos modifican la manera de mirar.
Después de ellas, una puerta deja de ser solamente una puerta.
Una habitación deja de ser solamente una habitación.
Una fecha deja de ser solamente una fecha.
El silencio cambia.
La confianza cambia.
El cuerpo cambia.
Incluso el amor cambia.
Y hay conocimientos que una desearía devolver.
Cosas que preferiríamos no haber descubierto jamás acerca de las personas, del abandono, de la fragilidad, del propio cuerpo, de hasta dónde puede llegar el miedo.
Hay una clase de inocencia que, una vez perdida, no regresa.
Eso también merece duelo.
Merece que alguna vez puedas decir:
yo era alguien antes de esto.
Y extraño a esa persona.
Extraño como confiaba.
Extraño como imaginaba el futuro.
Extraño la facilidad con la que podía entusiasmarse.
Extraño no saber.
No todo lo perdido necesita convertirse en una lección.
Algunas cosas simplemente se lloran.
No tenías que volverte pequeño.
Silencioso.
Productivo.
Servicial.
Fácil.
Extraordinario.
No existía una versión perfecta de vos que hubiera conseguido que alguien incapaz de cuidarte finalmente supiera hacerlo.
No había un peso correcto.
Una forma correcta de amar.
Una cantidad suficiente de sacrificio.
Seguís teniendo derecho a estar acá.
Incluso los días en los que no producís nada.
Incluso cuando descansás.
Incluso cuando necesitás.
Incluso cuando no tenés una respuesta para la pregunta de qué estás haciendo con tu vida.
Porque quizá durante demasiado tiempo aprendiste que tu lugar en el mundo dependía de aquello que podías ofrecer.
Y ahora toca aprender una idea mucho más difícil:
que también podés recibir.
Paciencia.
Tiempo.
Afecto.
Cuidado.
Silencio sin castigo.
Comida sin culpa.
Descanso sin tener que ganártelo.
Habrá aniversarios difíciles.
Fechas que el cuerpo recordará antes que vos.
Meses que llegarán cargados de una tristeza que parece no pertenecer al presente.
Un olor.
Una temperatura.
Una canción.
Una determinada luz entrando por una ventana.
Y de pronto todo estará demasiado cerca.
Cuando eso ocurra, no significa que estés otra vez allí.
La memoria tiene una forma extraña de borrar las distancias.
Un recuerdo puede sentirse presente sin ser presente.
Entonces, quizá necesites repetirte:
Esto ocurrió.
Fue real.
Me hizo daño.
Y terminó.
Estoy en otro lugar.
Tengo otra edad.
Es otro año.
Puedo abrir una puerta y salir.
Puedo elegir con quién hablar.
Puedo decir que no.
Puedo cambiar de opinión.
Puedo irme.
Ahora hay cosas que me pertenecen.
Mi voz.
Mi cuerpo.
Mi tiempo.
Tal vez todavía no sabés qué hacer con la vida que quedó después.
Está bien.
Durante mucho tiempo, quizá tu único proyecto fue sobrevivir.
Sobrevivir a una persona.
A una casa.
A una institución.
A una familia.
A una enfermedad.
A una pérdida.
A vos mismo.
Y cuando una pasa demasiado tiempo sobreviviendo, es difícil recordar cómo se vive.
Por eso ahora puede comenzar algo mucho más silencioso.
No una gran reconstrucción.
No una transformación espectacular.
Algo más pequeño.
Descubrir quién sos cuando no estás intentando conseguir que alguien se quede.
Quién sos cuando no estás demostrando nada.
Quién sos cuando nadie está evaluando si sos suficientemente bueno.
Quién sos cuando no necesitás convencer a nadie de que merecés amor.
Puede que esa persona todavía sea una desconocida.
Conocela despacio.
No le exijas que tenga los mismos sueños de antes.
No le preguntes todas las mañanas cuándo volverá a ser productiva, brillante, enamorada, ambiciosa o feliz.
Preguntale cosas más pequeñas.
¿Qué música quiere escuchar?
¿Qué comida le gusta?
¿A dónde quiere caminar?
¿Qué libro quiere abrir, aunque después lo abandone?
¿Qué cosas le dan curiosidad?
¿Qué personas le permiten respirar con tranquilidad?
¿De quién quiere alejarse?
¿Cómo quiere que la toquen?
¿Cómo quiere que la escuchen?
¿Cómo quiere que la quieran ahora?
Hay una vida entera escondida dentro de esas pequeñas respuestas.
Quizás no será la vida que imaginaste.
Y sé que eso duele.
Hay futuros que también se lloran.
Casas que nunca existirán.
Versiones nuestras que nunca conoceremos.
Planes que alguna vez parecieron inevitables y que un día desaparecieron.
La vida que imaginaste puede haberse terminado.
Pero tu vida no.
No sos una versión arruinada de quien fuiste.
No sos un intento de persona.
No sos el residuo de aquello que otros hicieron con vos.
Sos alguien que atravesó cosas que nunca debería haber tenido que atravesar y que ahora está intentando aprender algo que quizá nadie le enseñó:
que vivir también puede significar estar a salvo dentro de uno mismo.
No necesitás reconstruirte exactamente como eras.
No sería justo exigírtelo.
Algunas partes volverán.
Otras no.
Y aparecerán otras que jamás habías conocido.
Quizás algún día vuelvas a devorar libros.
Quizás vuelvas a levantarte temprano porque tenés ganas de ver la mañana.
Quizás vuelvas a hacer planes solamente porque algo te entusiasma.
Quizás un día escuches música acostado y, cuando termine el disco, descubras que durante cuarenta minutos no pensaste en nada que tuvieras que hacer después.
Y quizá entonces notes algo todavía más extraño:
no sentiste culpa.
Quizás ocurra de una forma tan silenciosa que ni siquiera te des cuenta inmediatamente.
Porque sanar no siempre se parece a una gran victoria.
No siempre hay música de fondo.
No siempre hay un momento exacto en el que una puede decir: acá terminó.
A veces sanar es descubrir que algo que antes dolía durante todo el día no dolió durante cinco minutos.
Después diez.
Después una hora.
Después una tarde.
A veces es escuchar una canción que antes no podías escuchar.
Volver a un lugar.
Dormir una noche entera.
Decir que no sin explicar por qué.
Comer algo y no castigarte después.
Reírte y no recordar inmediatamente que alguna vez fuiste miserable.
Hasta que, muy lentamente, empezás a habitar una vida que ya no está organizada alrededor de aquello que te pasó.
No porque lo hayas olvidado.
Sino porque finalmente dejó de ocupar todas las habitaciones.
Mientras tanto, no te apures.
No tenés que convertirte hoy en la persona que serás dentro de cinco años.
No tenés que recuperar todo lo perdido.
No tenés que demostrar que estás mejor.
Hoy alcanza con algo muchísimo más pequeño.
Respirar.
Comer.
Descansar.
Mirar por una ventana.
Escuchar una canción.
Llegar hasta la noche.
Y mañana, si podés, volver a intentarlo.